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Calidad de agua de riego, tierra de nadie

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Si bien es clave para la salud de las plantas y animales, la calidad del agua de riego parece ser tierra de nadie.

Al menos no existe en el país una norma específica -con excepción de la Norma Chilena NCh 1333, que no es obligatoria; y el Código Sanitario, que se refiere al uso de aguas servidas y de máximos de coliformes fecales- que establezca de manera obligatoria parámetros máximos de residuos como minerales, fertilizantes u otros compuestos orgánicos o químicos en el agua de riego.

El resultado es que no hay una entidad encargada de supervisar de manera permanente que el agua cumpla ciertos estándares y, por ello, solo se fiscaliza de manera reactiva, cuando surgen problemas puntuales. Y si bien los ríos estarían, en general, en buenas condiciones, existen amplias redes de canales que, ya sea por acción de la naturaleza o humana, pueden arrastrar compuestos que impacten en los cultivos y/o en el medio ambiente. Pero, como no existe una supervisión constante -más allá de la que realizan los particulares-, tampoco es posible saber qué tan contaminada puede estar el agua que los agricultores usan para sus cultivos.

“Hay que preocuparse y tomar conciencia, pensando en el futuro y en cómo hacer una agricultura más sustentable, para cuidar a las personas, el medio ambiente y las exportaciones chilenas, porque pronto entrarán en vigencia normas internacionales que obligarán a controlar la calidad de las aguas”, plantea Eduardo Holzapfel, experto en recursos hídricos y riego e investigador asociado del Centro de Recursos Hídricos para la Agricultura y la Minería (CRHIAM).

Se refiere a que en el año 2022, entrará en vigencia la ley de Modernización de la Inocuidad Alimentaria de la FDA (FSMA por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, para el control de la calidad de las aguas de los productores locales y de quienes exporten a ese país.

El tema debe ser una preocupación, insisten los expertos.

“Podría darse que si nuestra fruta está contaminada, un mercado diga que ya no recibirá más fruta de Chile, lo que es una amenaza tremenda y es un desafío que tiene toda la agricultura, de avanzar en cómo mejoramos nuestra calidad de riego”, enfatiza Federico Errázuriz, director de la Comisión Nacional de Riego (CNR).

Si se cuidan ambiente y personas

En realidad, cuando se trata del consumo humano o del medio ambiente, en el país existen diversas normas que buscan proteger la salud y el entorno. Sin embargo, cuando se trata de regar los cultivos alimentarios, no ocurre lo mismo. El problema es que, si bien existe poca probabilidad de que un frutal mayor, por ejemplo, se contamine con coliformes fecales, un exceso de compuestos químicos o minerales a través del agua, puede afectar su desarrollo, rendimiento o, incluso, provocarle daños permanentes.

“La contaminación del agua influye en los rendimientos y en la rentabilidad del cultivo. Por ejemplo, si las aguas tienen mucho cloruro, se afecta la capacidad que tiene la planta de producir, sobre todo en las que son más sensibles, como los frutales, el palto o el nogal. Lo que afecta directamente a los bolsillos de los productores”, especifica Pilar Gil, profesora de Riego de la Universidad Católica.

Y en situaciones de contaminación orgánica, especialmente con frutales y hortalizas que crecen a ras de piso, puede afectar la salud de las personas o llegar a cerrar mercados.

“La contaminación orgánica puede que agronómicamente no te cause un problema, porque la planta va a crecer igual y va a tener fruta, pero si esa fruta está en contacto con agua contaminada, si es una fruta rastrera, vas a tener un problema de calidad y de inocuidad, un problema que tiene el producto”, explica Federico Errázuriz.

¿Qué es un agua de calidad? En riego es variable, ya que depende del tipo de cultivo y la zona en que se produce.

También es complejo cómo o con qué se puede contaminar. “La contaminación del agua de riego puede ser generada por animales que bostean en ella hasta por formas más sofisticadas como, por ejemplo, los pesticidas”, dice Errázuriz.

Agrega que “es un tema importante y relativamente nuevo, que no vemos que esté muy abordado entre los distintos actores, como el SAG, el Ministerio de Salud y juntas de vigilancias. Pero creemos que es un tema pendiente, en el que nosotros como ministerio debiéramos meternos”.

En Chile qué cosas arrastran las aguas depende mucho de dónde se ubique la cuenca.

En el norte, por ejemplo, existe una contaminación natural por la alta presencia de minerales en el suelo, incluso algunos dañinos, como el arsénico y el cobre.

“En el caso de estar en zonas donde aumentan los contaminantes químicos, como, por ejemplo, el arsénico en el norte, podría generar problemas de metales pesados o de elementos nocivos en la sangre”, indica Pilar Gil.

En cambio, en la zona central, las aguas se ven afectadas principalmente por acciones humanas; por ejemplo, al unir cauces con altos contenidos de algún compuesto con otros limpios, o porque las personas -de distintas actividades económicas, incluida la agricultura- lanzan desechos de distintos tipos, incluidos los microbiológicos en el agua, sin tratar. Incluso, el agro puede contaminar el recurso por un mal manejo de la fertilización o de aplicaciones de herbicidas o similares, que utilizados de manera excesiva o inadecuada pueden llegar a los cursos de agua superficiales o subterráneas, pasar inadvertidos y arrastrados incluso hasta zonas urbanas.

Si bien el problema se minimiza cuando hay suficiente recurso hídrico, ya que hay una mayor dilución de los minerales o productos, cuando hay una crisis hídrica, como la que afecta a casi el 76% del territorio, aumenta el riesgo.

“Siempre ocurre que cuando hay escasez hídrica, disminuye la calidad de las aguas, porque se diluyen menos los contaminantes, se concentran más, lo que no solamente afecta a las aguas superficiales, sino que también la calidad de las subterráneas”, afirma Pilar Gil.

Acción reactiva

A nivel país, la única restricción en agua en riego sería la establecida en el DFL 725, del Ministerio de Salud, que indica que le corresponde al Servicio Nacional de Salud la protección sanitaria del agua potable y el saneamiento de las aguas que se utilicen para riego y que, cuando se utilicen aguas residuales tratadas, deberá autorizar el grado de tratamiento, depuración o desinfección que sea necesario para cada cultivo.

Algo más específica es la norma chilena NCh 1333, de los requisitos de calidad de las aguas para distintos usos, que establece, a modo de sugerencia, límites máximos de componentes químicos, orgánicos y/o microbiológicos que puede contener el agua, incluida la destinada a uso agrícola. Pero al no ser obligatoria, nadie puede o debe fiscalizarla.

Dado que no hay norma, no existe una supervisión permanente. Lo que ocurre, entonces, es que la fiscalización es reactiva; es decir, ocurre cuando existe una denuncia o problema concreto, especialmente si hay riesgos para las personas.

“Muchas veces, la fiscalización falla, no siempre tenemos información sobre el tipo del agua que estamos utilizando, lo que se le deja como responsabilidad a los usuarios y al mercado al que está destinado el producto, que regula si el agua de riego tiene o no cierta calidad”, enuncia Gil.

Hasta ahora, muchas asociaciones de regantes, comunidades de canalistas y juntas de vigilancias realizan controles. “El control existe, pero no está masificado. Ese es el problema”, enfatiza Felipe Martin, presidente de la Asociación Gremial de Riego y Drenaje.

Y si bien existen recursos para apoyar el desarrollo del riego. “Hay pocos fondos concursables orientados a hacer diagnósticos y a levantar información, actividades que muchas veces tienen que ser financiadas por privados”, dice Gil.

El tema debiera ser una preocupación país, sostiene Holzapfel. “Esto debe ser una preocupación como país, tanto a nivel de autoridades como de productores, académicos, investigadores y privados. Lo importante es que estemos atentos al tema de cara al futuro”.

Fuente El Mercurio